martes, 16 de septiembre de 2014

PERFIL ROMÁNTICO DE CAMPILLOS (MÁLAGA)...


Como su mismo nombre indica, es Campillos un pueblo agrícola, sometido al ciclo cósmico de sembrar, recoger y celebrarlo. Con el mismo trajín y el mismo encanto, desde que el mundo es mundo; desde los tiempos heroicos como se aprecia en las arriesgadas leyendas de Homero, especialmente en su “Himno a Deméter”, diosa de la cebada y la recolección.  


 En el otoño las gentes de Campillos siembran sus tierras. Los granos se pudren en el surco y toda la naturaleza se retrae como si ingresara en el reino de los muertos. Los campos, durante el invierno, aparecen desnudos y aterronados. Pero al llegar la primavera, toda aquella energía latente en las entrañas de la tierra, despierta, emerge y, valiéndose de las lluvias de Abril, sale de entre los terrones y asciende vigorosamente. Los caminos y las cunetas se llenan de vida, de color. Bosques y campiñas se visten de jacintos y narcisos. Los campos de mieses y las praderas se alfombran de verde, salpicados de violetas y flores de azafrán. Estalla la belleza y se adueña la primavera sobre las tierras, los cortijos y también los sueños desde el primero hasta el último labrador. 



Yo mismo he presenciado, en más de una casa de Campillos, cómo los labradores, en primavera, acuden con más asiduidad a visitar sus fincas, porque las tierras quieren amo que las trabaje y las visite. Y cuando la espiga de trigo dice “aquí estoy”, “aquí me tienes”, su amo corta unas cuantas, las monta en el coche y las lleva a casa para mostrarlas a su gente. 



Es costumbre. Lo hacen todos los labradores de CAMPILLOS: Los Aragón, los Mesa, Navas, Recio Campos, los Campos, los Campos Campos, los Padilla, Aguilar, Galeote, Escribano, San Martín, los Alés, los Palop, Valencia, Lago, Peral, los Casasola, los Cuéllar, Avilés, Herrera, los Mellizo Baca, los Aragón Galán, los Carmona, Hinojosa, Baltasar Peña, José Ramón Conde, Macías, Carrión, Guerrero… Todos aman sus haciendas y, en llegando la primavera (como por aquí se dice), se van a ver las lindes que marcaron sus abuelos con ojos de águila, esas tierras que llevan más dentro porque les dan de comer. Tierras de buena calidad. Con un ph ligeramente alcalino, que oscila entre el 7’6 y el 8’5. Las mejores tierras de la comarca, lo dice su nombre: CAMPILLOS. El campo está en su origen, como siempre, porque el origen de todos los seres, de todas las cosas, arrancó del barro. 



En el instante, en el momento mismo cuando el primer labrador del pueblo de Campillos se presenta en su casa con las espigas de su propiedad, las muestra a los suyos y las coloca en la hornacina a los pies de la Virgen, en ese momento  -digo-  dan comienzo las fiestas del pueblo. Ese labrador es el pregonero. Y a mí me gustaría cederle estas páginas para que nos cuente el sentido de su ofrenda: ¿Qué es lo que celebra el labrador con ese gesto? ¿Es acaso devolverle a Dios el dominio sobre los campos y las cosas? ¿O hay algo todavía más profundo, algo más inmanente que emerge y se estampa en ese gesto ritual del campillero labrador?  ¿No será, acaso, el ansia de un retorno, esa querencia dormida en el océano infinito de nuestra mente que espera volver a los tiempos y a la tierra que pisaron nuestros antepasados, aquellos aristócratas Patriarcas y Profetas? Yo alcanzo a hacerme estas preguntas. Puedo y sé hacerlas. Mas no sabría contestar. Y así me quedo en la superficie del enigma, en el pórtico de la recolección.



Primero había sido la sementera, las aradas y la escarda. Después viene la hoz. Escuchen los cantos y el fino silbar de los segadores. Vean alzar al viento la parva con el bieldo. Oigan a los gañanes, listos ellos, revueltos en risas, bien reliados, recordando aquellos viejos consejos para ir tirando por la vida. Después de ver y oír, siéntense ustedes a pensar…perdida la mirada en lo alto de la torre de la iglesia de Campillos que todos llevamos troquelada como si fuera un injerto. Y ya pueden ustedes descansar. 



Descansar…  

Cuenta el relato bíblico que Dios, al octavo día de la creación, después de haber hecho al hombre a su imagen y semejanza, viendo que todo estaba bien, se puso a descansar. Lo mismo había hecho Hércules, aquel héroe tebano, hijo de Júpiter y de Alcmena, quien después de realizar los doce trabajos (doce son los meses del año), después de haber llevado a cabo aquellas doce temerarias empresas, se fue de vacaciones, se fue a dormir y descansar sobre las arenas de la playa. A este Hércules, por cierto, lo trajeron aquellos griegos tebanos que se instalaron por aquí, muy cerca de nosotros; en ese bellísimo pueblo fortaleza, la bien alcantarillada villa de Teba con su derruido castillo en la cima, punto de mira para cañonazos y leyendas, última palabra de otras guerras. Pero un buen día Hércules se escapó de Teba… Quiso visitar la cuna de España y darse un garbeo por la ciudad de Gades. Y en esa dirección se nos fue. Bajó a Guadalteba contemplando el inmenso volumen de las montañas que veía a los lejos, desde el Torcal hasta la sierra de las Nieves. E, incitado por las grullas planeadoras, se dejó ir. “Nadie se ha muerto por andar”, decía, como si fuera Aquiles el de los pies ligeros. Cruzó por lugares que, andando los años, serían hermosos pueblos como Cañete la real, Cuevas del Becerro, Ronda, Alpandeire, Benadalid, Benalauría, Gaucín, Jimena, Castellar, La Almoraina, San Roque y la Línea de la Concepción. Al llegar aquí, lo primero que hizo fue bañarse en las azules aguas del mediterráneo, separado entonces del Atlántico por dos altas montañas. Y como gustase de la exageración, esa mentira tan común entre los héroes y los santos, y deseando llegar a Gadir a nado sin alejarse de la costa, vióse obligado a realizar su último trabajo: separar las montañas Calpe y Abila (una en la costa española y la otra en la africana) para, de esta manera, comunicar el Mediterráneo con el Atlántico. Lo hizo en un plis-plas, y sobre la cima de ambos montes levantó dos columnas, esculpiendo en ellas esta lacónica expresión: “Non plus ultra”. Desde allí miró hacia España como volviendo sobre sus pasos y vio las márgenes de cuatro ríos: Palmones, Guadarranque, Guadalquitón y Guadiaro, en cuyas vegas asomaban limoneros, granados, membrillos y toda clase de hortalizas. Pudo ver otro río más, el río de la Miel y su vega cultivada con caña de azúcar. Y sabiendo que por allí, gracias a su último trabajo, pasarían griegos, cartagineses, tartésicos, vándalos, visigodos, romanos y musulmanes, cual si fuera un neandertal antes de los tiempos del Diluvio, puesto en pie, comenzó a desgañitarse vociferando: ¡Yujúuuu…! ¡Oéee, oé oé oé, oé…oé, oé! . . . 


Estaba Dios nuestro Creador y Señor del Mundo en su Olimpo, en lo más alto. Lo vio todo desde allí y se dijo: “¡Ah, sí! De manera que tú, Hércules, tras dormir y descansar, vuelves a las andadas, sigues con tus filigranas. Pues verás”. 



Entonces, el Señor de los cielos, estirando los brazos y retorciendo su cuerpo tontorrón, se desperezó. Se puso en pie. Dio un brinco inmejorable. Y vino a posarse sobre una campiña rodeada de albarizas, bujeos y olivares, en el mismísimo lugar donde hoy se ubica la Plaza Cardenal Spínola de Campillos. Después de girar sobre sí mismo, bendiciendo todos los espacios y alrededores, se reclinó sobre la tierra, escupió en el suelo, amasó barro, sopló y le dio vida a esa Vida que es el alma de Campillos. 



Con los dedos y las manos, cual si fuera un geómetra-alfarero, imaginó y fue entablillando la plaza principal de nuestro pueblo. Estaba el Creador en el punto exacto donde hace algunos años había un kiosco con figura de palomar, y el hombre que regentaba aquel kiosco a todos saludaba y despedía diciendo: "Venga usted con Dios, vaya usted con Dios".  Se llamaba Juan Izquierdo. Allí todos venían y marchaban con Dios, hasta que una mañana se acercó quien sería el primer alcalde socialista al final de la Transición (en las municipales de 1979), el muy querido y apreciado Fernando Parejo. Parejo compró el diario Pueblo, pagó y, al girar sobre sí mismo para irse, escuchó que le decía Juan Izquierdo:  "Vaya usted con Dios".      Y contestó Fernando Parejo:  "Dios no me hace falta. Yo sé ir solo". 



Entonces, el alma de Juan Izquierdo, no siendo sino un átomo de Dios olvidado junto a la paz de los vencejos y las golondrinas que anidaban en la plaza Cardenal Spínola de Campillos, le hizo recordar a Fernando Parejo aquel dicho: “Aparentar” tiene más letras que “ser”, pero vale menos. 



Configurada la plaza, ésta se fue circunvalando con edificaciones locales, arcos y letreros de neón. Decía uno: “Posada de Antonio Romero”. Para nada tenía que ver con las gañanías de los cortijos ni con las ventas de los caminos, donde se dormía en colchones más escuálidos y estrechos que una libreta de dos reales. La posada de Antonio Romero fue de aquellas donde el amo siempre se acercaba a saludarte y siempre te decía: ¡Compadre, buen provecho y sirva de salud! 



El estanco de Asunción Herrera, el bar Lamparilla de Salvador Morillo y, entre ambos, la Parada de Taxis, dejólas Dios a elección de los clientes. Después de situar la Plaza de Abastos al comienzo de San Sebastián, Le restaban a Dios tres esquinas más. Dos al comienzo de la calle Real. Se acercó hasta allí. Tomó en sus manos aquel pincel del país de las musarañas y escribió en la esquina a su izquierda: AYUNTAMIENTO. 



Después giró la vista a la derecha;  y, a la esquina que tenía ahora frente a Sí, le asignó Dios múltiples funciones: Peña Kimber, Sindicatos, Bar la Lobilla, Peluquería, Palco de honor para explayarse en miradas muy deseosas de mujerío y demás oficios de correoso poder. 



Y, entonces, puestas todas las tildes y las comas, eligió el Señor el último lugar. El mejor de todos. El más extenso y adecuado, con la entrada mirando al Sur. “Aquí -dijo-, mi Tabernáculo, mi Casa, para que os acerquéis a daros golpes de pecho”. Y bajando los párpados, se cruzó de brazos con el fin de reposar placidamente un instante, que fueron tres segundos y duró toda la noche. 



Andando el tiempo, los vecinos de Campillos eligieron ese lugar como parroquia bajo la advocación de  “Nuestra Señora del Santo Reposo”.  Al día siguiente, con el canto de un gallo, despertó el Señor y se puso de seguida a la tarea: Trazó tres rayas paralelas, tres calles, de Norte a Sur (calle Real, calle En medio y calle Alta) y seis o siete más de Oeste a Este, un poquitín pendientes para que las aguas discurrieran y lavasen los suelos, saneasen las calles y se activasen, sin desajustes, los desagües. Hizo después otra plaza: la Cruz Blanca, con Denominación de Origen. Y viendo Dios que en tiempos de prolongadas lluvias las aguas provenientes del camino de Osuna podrían encharcar ese generoso y tranquilo espacio triangulado, confluencia de las calles Alta, Santa Ana y Carmen, trazó en oblicuo la calle Molinos para que las aguas fluyeran en busca del arroyo del Rincón. Cuando acabó de abocetar las calles, levantó las manos hacia el cielo y le dijo a los vientos: “¡Eh, eh! Con uno me basta: el Solano”. Y para que así fuese, elevó las tierras por el Calvario y la Cuesta o carretera del Saucejo y estableció más lejos las sierras de la Camorra, el Camorrillo y San Cristóbal. Previendo los atardeceres de primavera y verano, llamó a los estorninos y lavanderas, a los gorriones y zorzales, a los vencejos, aviones y golondrinas. Todos acudieron al instante y les habló el Señor diciendo: “Os quiero por aquí todas las tardes; dormiréis en estos frondosos árboles. No os preocupéis; no se avistan depredadores”. Dijo el Señor y bostezó susurrando: “¡Bueno, bueno, bueno…! 



Cuando se dio cuenta de que restaba lo más arduo para la fundación de un pueblo, exclamó diciendo: “¡Que se acerquen los hombres!”. “Que vengan las mujeres más atractivas y los hombres más tercos y corajudos. No me importa dónde hayan nacido. Me da lo mismo que sean celtas, ligures, íberos, fenicios, cretenses, griegos, carboneros de Osuna o sogueros del Dulce Reino de Galicia. Lo primero que habrán de hacer será agenciarse un arado romano, un arado de palo, y ponerse a sembrar. Éste es su campo. Sea Campochico, Vilacampa, o Al-Ésjaton, se llamará CAMPILLOS. Han de construir hornos para hacer pan, ladrillos y tejas. Los primeros en llegar tendrán pleitos y disputas con los vecinos de otros pueblos aledaños por cuestión de límites y mojones. Y cuando un hombre se tropiece con una mujer, ella notará que hay una mirada que le traspasa el alma para que se cumpla lo que siempre dije: ¡Creced y multiplicáos! En Campillos ha de haber siempre... una, dos, treinta o cincuenta mocitas que tendrán a todo el señorío alborotado. De manera que... amáos como si fuera un cuento para siempre. 



Al poco tiempo, Campillos se despertaba con las primeras luces del amanecer, asomándose hacia las cimas de los montes malagueños salpicados de caseríos blancos, más allá de Peñarrubia, Ardales, Carratraca, Alozaina, Junquera o El Burgo. E hizo el Señor que Campillos y todos los campilleros disfrutasen de un concepto romántico de Justicia, de la vista prudente de los caracoles y el olfato de un perro. Y así consiguió Dios que Campillos fuese un pueblo andaluz al cien por cien: estoico y fatalista, comerciante y luchador; algo tramposo y algo bribón siempre que necesario fuese. “Nada de gansos”, les había dicho Dios; “Los gansos me salvaron una vez el Capitolio, pero es muy difícil que las historia se repita”. 



Por haber creado un pueblo andaluz, el Señor (que es buena gente y muy flamenco), deseando saber cómo se las gastaban los habitantes de Campillos, se propuso pasar visita al pueblo, y ya dentro de sus calles se fue en dirección a la “Peña Kimber”. En una de las puertas de acceso al Bar La Lobilla, estaba Isabel junto a su hijo Alfonso con dos fuentes de almejas a la marinera, más tres o cuatro botellas de manzanilla de Sanlúcar. En éstas se presentó El Señor Dios. Con mucho respeto saludó a los allí presentes, abrazó a Isabel, bendijo el local y se fue tras ellos. Saliendo a la acera de la calle Real, los siguió hasta una primera puerta que daba a una escalera que subía a una estancia que tenía las paredes recubiertas por esos cartones que sirven para embalar docenas y docenas de huevos. Una estancia muy peculiar donde la agudeza verbal era de tal calibre, mezclando mentiras y reproches con tal arte..., que siempre acababan en jauría de espadachines con cara de garduña, siendo todo un puro teatro. Y así cada día, según el calendario de cada cual. 



Cuando llegaron Isabel y su hijo Alfonso con las bandejas, sus majestades los sarracenos de la peña Kimber le decían a Isabel: ¡Qué guapetona estás! Y tocando palmas, le cantaban: “Si yo tuviera de dinero lo que tengo de voluntad, Te daría, de chocolate, el Peñón de Gibraltar, ¡Ole, ole…!” 

Eran ellos: Salvador Berdún, Martín El Roto, Andrés Padilla, José Mª Campos, el Sordo Biona (marido de Juanita la peluquera), Antoñito Guzmán, Nicolás Cuellar, Ricardo Macías, Diego Albarrán, El Tabacalero, Diego el Músico, Pepe Manzano, El Berti, Lorenzo, y algunos más. Después de probar las almejas y servirse en vasos la manzanilla, percatándose de que tras Alfonso había una Persona para ellos desconocida, sin saber que fuese Dios, se pusieron de nuevo a tocar palmas cantando todos a una: “Dos andares tiene el dinero: Viene despacio y se va ligero, ¡Ole, ole, ole…chim-póm!”. 


Cantaban, reían, y se aplaudían, todo a la vez. Pero siendo como eran personas educadas a pesar de su apariencia de cabra loca, invitaron al Señor a una ronda y a que probase unas almejas y degustara una copita de Manzanilla. El Señor no la despreció. Y después de despacharse bien, sacó una moneda de seis óbolos, que era una dracma, la dejó sobre la mesa, bendijo a todos los miembros de la Peña Kimber con su infinita mirada, y se fue escaleras abajo, dejando un perfume a sándalo y a rosas del palacio de Las Dueñas de Sevilla y del palacio de Amezúa, Casa del Reino de Galicia en Madrid. 



La moneda que había soltado el Señor, la dracma, comenzó a crecer, a multiplicarse, más y más. Estaban sus majestades los sarracenos de la Peña Kimber con los ojos tuertos. Les llegaban hasta las cejas. No acababan de comprender aquella mudanza monetaria tan creciente y al instante decidieron lo que iban hacer con tantos cuartos: 



 -¿Qué hacemos con ellos? -dijo Pepe Manzano. 

 -¡Gastarlos, coño! -respondió Martín, El Roto. 
 -¡Quiá! ¡Ni hablar del asunto! -expuso Salvador Verdún, añadiendo-: Este dinero es sagrado. Ya veremos lo que hacer con él. Para Cáritas, para las Cofradías de Semana Santa, para Aspromanis. Ya se verá. ¿Estamos? 
 -¡Estamos! –dijeron todos a la vez. 


 De manera que, respetando la sacralidad de aquellas dracmas, se rascaron los bolsillos, pagaron a partes iguales lo que se debía y se fueron escaleras abajo cantando a media voz: “Qué alta que va la Luna y el lucero en su compaña. Qué triste se queda un hombre Cuando una mujer lo engaña, ¡Ole, ole, ole…!”.  



Bajó el Señor a nuestras campiñas. Ideó el pueblo de Campillos. Y, entre las cuatro paredes recubiertas con cartones de embalar huevos de la Peña Kimber, nos dejó una dracma con la potencialidad de multiplicarse al infinito. Esa dracma que salió de los bolsillos del Señor bien podría representar el talento tan notable que en Campillos se transmite de padres a hijos. También podría significar aquel arado romano (con su garganta, mancera, bilortas y reja) que fue creciendo, se fue arropando de nuevas funciones, convirtiéndose en “Arados Candilones”, después en el arado de hierro “Iduya” con su doble vertedera giratoria que se cambiaba a cada paso de la besana y, más tarde, en el arado “Bravant” y los arados “Subsoladores”. Para, finalmente, ser sustituidos por su ilustrísima el Tractor, multiplicando rejas, utilizando la “Grada de Discos” y demás artefactos. 



Aquellos arados habían dado mucho trabajo a los herreros. El yugo  (o hubio)  y las colleras de esparto sobre el cuello de los mulos, más las jáquimas y bozales, daban trabajo a sogueros y talabarteros. Entre la sementera, la escarda, la siega y la trilla, los obreros de Campillos aguantaban las lluvias, el barro, los vientos y el frío..., el calor y el polvo. Y también el hambre, pero había que llevar a casa un pan bajo el brazo. (Lo cuenta D. Federico Manzano Sancho, en su obra-manuscrito “NUESTRO TIEMPO”). Una cosa es cierta: Aquella dracma que El Señor les había donado a sus majestades los sarracenos de la Peña Kimber, después de multiplicarse, se hamaca en esa imaginación tan brillante y creativa que heredan a beneficio de inventario cuantos nacen en Campillos. Hombres muy corridos que te cazan las mentiras al vuelo, sabiendo de memoria la vida y milagros de todos los demás. Es un bien ganancial de propiedad indivisa. 



Desde mi Pensión Avenida, FELICES FIESTAS para todos y, a mi entrañable amigo D. José Palacios Royán, conocedor y "dueño" de la cólera de Aquiles... ¡Fervor y mucho éxito con tu PREGÓN. Un abrazo. César R. Docampo. 



("Todo el campo lleno de hombres y caballos, resplandecía con el lucir del bronce. La Tierra retumbaba debajo de los pies de los guerreros que a luchar salían. Dos varones, señalados entre los más valientes, se adelantaron a los suyos, deseosos de combatir". (Ilíada, XX, v.156 y sig.) http://lacomunidad.elpais.com/latabernadelosmares/2010/08/12/perfil-romantico-campillos-malaga-/ 2010-08-12T13:18:19Z César latabernadelosmares@yahoo.es

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