martes, 11 de abril de 2017

LA EPIFANÍA DEL ROSTRO Y LA VERDAD COMO JUSTICIA.




SI EL PAPEL DE LA FILOSOFÍA  no consiste en enunciar una verdad general, sino primordialmente en hacer aparecer la dimensión ética de toda palabra,en decir que ninguna puerta ni discurso alguno deben cerrarse en tanto un rostro y su expresión queden por acoger, no habría entonces ningún modo mejor de decir que  "la moral no es una rama de la filosofía, sino la filosofía primera.

El rostro es revelación del Infinito. Digamos primero que, en su desnudez, el rostro no es un símbolo o una metáfora que remita a una realidad distinta de él, como una subjetividad, un alma, etc.:  "Absolutamente presente en su rostro, el otro  -y no se vea aquí ninguna metáfora-  me da la cara".  No es una significación, sino el significante por excelencia, cual, expresándose en el cara  a cara, hace posible toda palabra.

Merleau-Ponty, siguiendo a Scheler, ya había afirmado que la dicha o la  cólera no son impresiones internas cuya expresión física no pasaría de ser un mero signo convencional. No tengo que aprender la significación de una sonrisa como aprendo el sentido de un vocablo: la benebolencia expresada forma cuerpo con esa sonrisa, es esa misma sonrisa. Ahora bien, ¿no habremos de remitir a esa expresión primera en contenido de todo discurso, si es cierto que la esencia del lenguaje, y del pensamiento que sobre él cabalga, consiste en salir de sí e ir al encuentro del otro para solicitarle?:  "La manifestación del rostro constituye el primer discurso. Hablar es, antes que nada, ese modo de venir de detras de la propia apariencia, de detrás de la propia forma, una apertura en la apertura". Si el sentido fuera razón universalmente y uniformemente presente, si subsistiera ya enteramente en la interiooridad de la conciencia, ¿debería comunicarse en el lenguaje?: "La  razón, única, no puede hablar a otra razón".  Porque  esa brecha del infinito en la finitud del discurso ya dicho, es lo que posibilita algo así como una REVELACIÓN.

PORQUE..., ACEPTAR LA PALABRA  DEL OTRO, ENTRAR EN DIÁLOGO, EQUIVALE A RECHAZAR la muerte y acoger el transcendente que pasa por el rostro pero que no tiene rostro propio, que es  "no rostro", ya que sobre el rostro humano no deja únicamente su "HUELLA". 

El transcendente, el infinito, Dios, se halla  "ausente" del mundo y del conocimiento: es el UNO, más allá del mundo y del ser.

César R. Docampo.

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