lunes, 24 de abril de 2017

LA SEXUALIDAD BAJO EL CRISTIANISMO: DE SAN PABLO A LA PASTORAL POSTRIDENTINA.



Al ritmo que se agravaba la crisis del Imperio Romano, se fueron desarrollando, en su seno, una serie de religiones que aspiraban a traspasar sus inciertos  "límites" y a convertirse en creencias de validez universal, gracias a la canalización de ese sentimiento de debilidad que generalizó el Estoicismo. Entre ellas, fue el Cristianismo el que acabó por imponerse sobre el resto.

Una de las primeras regulaciones que de la actividad sexual realizaron los cristianos, se debe a San Pablo, en la ordenación que efectuó de los pecados en la primera Epístola a los Coríntios, entre los cometidos contra el propio cuerpo, encontramos los denominados delitos contra la carne o, mejor aún, contra la virtud de la castidad. Pueden ser de cuatro tipos: "Pornoi"  (fornicarii, en latín), que hace referencia al mantenimiento de las relaciones sexuales fuera del matrimonio, especialmente en los lupanares (fornix) con prostitutas. La adulteratio o seducción de la mujer de otro; la "Malakoi" o  "Mollitia", que se entendía como la pasividad en el acto amoroso, aunque acabó designando lo que actualmente entendemos por masturbación. Y los masculorum concubitores o relaciones homosexuales masculinas.

Esta primera codificación de todos los actos referidos al sexo, que desde entonces se incluyeron bajo la denominación común de   "concupiscencia", supuso una absoluta novedad con respecto al mundo greco-romano. Desde entonces se opuso el sexo a la virtud de la virginidad y a la castidad, siendo calificado de malo y pecaminoso. A partir del texto de San Pablo, comenzó en Oriente y Occidente el  "combate por la castidad", y la exaltación de la virginidad. 

La Cristiandad llegó a dividirse en dos grupos opuestos: Los partidarios del matrimonio como institución legitima para alcanzar la virtud de la castidad, con San Agustín a la cabeza, que entendía el vínculo conyugal como mal menor ("es mejor casarse que quemarse"  dice San Pablo). Frente a ellos, algunos padres de la Iglesia, como S, Jerónimo, propusieron la negación de cualquier acto relacionado con la generación y propugnaron la renuncia de sí y del mundo. El movimiento ascético que se desarrolló en Oriente  (Egipto y Siria), entre los siglos III y IV de nuestra era, debe considerarse como una profundización y puesta en práctica de las ideas de esta segunda corriente. Los hombres ebrios de Dios, los "atletas del desierto", los "campeones de la renuncia", constituyeron un peculiar grupo de héroes del abandono entre quienes sobresalen San Antonio Abad y San Pacomio como anacoretas; los estilitas Simeón el Viejo y el Joven, los ramoneadores, estacionarios y otros como Santa María Egipciaca, San Alepo y San Talelo.

Con el hundimiento del Imperio Romano y la aparición de los reinos bárbaros  en el Occidente europeo, el influjo de la Iglesia se fue haciendo cada vez mayor, hasta que la conquista de la Hispania visigoda por los árabes, la configuración de la Europa Central y Nórdica, y las constantes invasiones de eslavos y normandos, fragmentaron, en un mosaico de pequeños y variados poderes, la Europa de la Alta Edad Media. 

En este mundo dividido y cambiante, encontramos las mismas corrientes del pensamiento sexual que se fraguaron a partir del siglo II en el Imperio Romano. De una parte, el monacato occidental, inspirado en el de oriente, y en lo referente al tema de la virginidad, en la obra de Evagrio de Ponto, que sirvió de base a Juan Casiano para la redacción del capítulo VI de sus instituciones; en ellas se especifican los ocho combates contra la fornicación, la inmunditia y la libido que debe sostener el monje, mediante el análisis pormenorizado de su propio pensamiento, para eliminar, paso a paso, la polución, incluso la involuntaria tenida en sueños, y así alcanzar la santidad y su valor y su olor particular, referente al tema de la virginidad.

De otra parte, la institución matrimonial, a lo largo de toda la Alta Edad Media, coexistieron dos tipos de alianza o compromiso conyugal.  El matrimonio real, muy frecuente entre la nobleza carolingia, consistía en un acto privado mediante el cual una faqmilia entregaba su hija a un noble a cambio de una dote  (donatio puellae). Se consumaba en el lecho conyugal deonde el padre de familia, rodeado de sus amigos, bendecía a la pareja;  la unión no era indisoluble, generalmente se realizaba por intereses y la Iglesia como institución no participaba en la ceremonia; Además, el señor feudal mantenía en el castillo para su solaz y divertimento, un grupo de mujeres ilegítimas o  "reserva del pacer", porque se entendía que el amor-pasión no debía estar asociado con la esposa y, según San Jerónimo, "el  hombre juicioso debe amar a su mujer con prudencia, no con pasión". 

A partir del siglo IX, la Iglesia intentó fijar un modelo matrimonial indiisoluble, que no llegaría a estrar listo hasta el comienzo del siglo XIII, cuando en el IV Concilio de Letrán (1215), se proclamó el caracter sacramental de esta institución y su indisolubilidad.

 Durante la Edad Media parece que el número de mujeres en los castillos feudales fue muy escaso. De aquí que, a comienzos del siglo XII, se desarrollara en Occidente la retórica del Amor cortés. El bajo número de mujeres y el peligro de adulterio real, dada la promiscuidad de los castillos, hizo que la nobleza aceptara e instaurara ese código que imponía a sus seguidores un amor idealizado y una renuncia a la relación sexual adúltera que podía ensombrecer la institución del matrimonio real, alianza y vínculo gracias al cual el grupo en el poder mantenía su pureza de sangre.
                                          César R. Docampo.

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